martes, 3 de abril de 2012

Un instante en la vida

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Las fotografías son milisegundos de la vida de las personas, casualidades  que se juntan en un momento, el del clic, paisajes petrificados para el recuerdo; luego… la eternidad.





Esta imagen es exactamente eso, un instante nuestro y un Palermo detrás, inmóvil, como un decorado. Tiene algunos años, unos pocos,  no la había visto hasta ahora que me la ha mandado un amigo y  ha dado luz a unos cuantos recuerdos. Pertenece a uno de los múltiples instantes de un transporte que nos habían encargado a Grecia. Nos refugiamos aquí huyendo del temporal.

Tiene la foto una curiosa simetría, no se si por azar, de los verdes a un lado y los azules al otro y un jarrón con una flor; creo que de plástico; que parece salir de mi pelo. Una ausencia; la de las copas de plata donde bebimos el vino; no entiendo porque no salen sobre la mesa, pero estaban, lo puedo asegurar, porque ellas fueron uno de los motivos por los que nos sentamos aquí; ellas y el mercado de Palermo. Viva la decadencia.
Soy muy folclórica; algún día me crecerá una peineta con mantilla y todo en la cabeza; pero alguien más me debió apoyar, porque acabamos sentados aquí a pesar de las múltiples protestas ¿No estamos en Palermo? Pues ¡Toma Palermo! Así que me tuve que tragar los gusanos de la ensalada y la pizza casi desierta sin rechistar. Pero Ahhh, esas copas de plata llenas de vino rosso…como la sangue (leer con diéresis por favor) oyendo el vocerío del mercado bien lo valían.

En el barco, circulaba el libro de Nikos Kazantzakis , Zorba el griego, que nos fuimos pasando los unos a los otros hasta dejarlo temblando y desencajado. Y la discusión era con cual de los personajes te identificabas más: con el vital y primario Zorba o con el intelectual y cultivado Basil. Dado el nivel enconado y ruidoso del debate, a penas nos dimos cuenta que un muchacho se dirigía hacia nosotros.

- ¿Son ustedes españoles?

- Sí.

- Ah, estupendo.

Y desapareció mientras nosotros seguíamos a lo nuestro. No le prestamos mucha atención, pero al poco tiempo se acercó otro hombre algo más mayor.

- Mi hijo me ha dicho que son ustedes de España.

El hombre hablaba tan bajito que casi no podíamos entender su italiano y miraba, como buen siciliano, a izquierda y derecha; debe ser una medida de precaución que adquieren en la infancia.

- ¿De que parte de España?

- Unos de Madrid, otros de Valencia y otros…- No pudimos acabar.

- Oh Dios mío.-  Dijo el hombre; se le veía emocionado. - Tengo que pedirles un favor.

- Usted dirá

- Mi padre luchó en la guerra civil española. Cuando estaban a punto de apresarle un hombre lo escondió en su casa, le dio de comer y lo trató como a un hermano; en Valencia. Después de la guerra regresó a Sicilia y juró que le devolvería el favor. Toda su vida ha tratado de ahorrar para viajar a España, desgraciadamente murió hace un año y me encomendó a mí cumplir el juramento.  ¿Podrían ustedes buscar a esta persona o a su familia? Yo le escribo pero me devuelven las cartas.

Nos tendió un papel bastante arrugado escrito en una caligrafía rebuscada. Se le veía nervioso.
Nosotros le prometimos que haríamos lo que estuviera en nuestra mano para localizar al susodicho; lo que siempre se dice, claro. El nos invitó a algunos amarettos  y nos apuntó en un papel su dirección y la de la persona a buscar en Valencia. Nos despedimos con la efusión propia del vino y los licores y nos fuimos.

Ya en el barco hablábamos de las tradiciones arraigadas de la gente, de cómo un favor por devolver se pasaba de padres a hijos, del honor, de la Italia del norte, de la Italia del sur, de la Sicilia tradicional, de la España oscura…

¿Como habeis dicho que se llamaba el tipo?

La letra con que nos había escrito la nota  era difícil de entender y no recuerdo el nombre, ni la dirección. Pero si que al final ponía claramente: Palencia.

¿Y ahora que hacemos?

 Hoy toca Pietra Montecorvino; ni griega ni siciliana pero… mediterránea del sur al fin y al cabo; de Napoles. La canción es de Eugenio Bennato  y se llama Sur Grande.









Grande sud che sarà
quella anonima canzone
di chi va per il mondo
e si porta il sud nel cuore.

C’è una musica in quel treno
che si muove e va lontano
musica di terza classe
in partenza per Milano
c’è una musica che batte
come batte forte il cuore
di chi parte contadino
ed arriverà terrone.

C’è una musica nei sogni
di chi dorme alle stazioni
negli antichi sentimenti
delle nuove emigrazioni
c’è una musica nel viaggio
dalla terra di nessuno
di chi porta nel futuro
i tamburi del villaggio.

Grande sud che sarà…

Grande sud che sarà
quella musica del ghetto
di chi va per il mondo
col suo ritmo maledetto

C’è una musica in quel sole
che negli occhi ancora brucia
nell’orgoglio dei braccianti
figli della Magna Grecia
in quel sogno di emigranti
grande come è grande il mare
che si porta i bastimenti
per le Americhe lontane

Grande sud che sarà….

E sarà quel racconto
E sarà quella canzone
Che ha a che fare coi briganti
E coi santi in processione
Che ha a che fare coi perdenti
Della civiltà globale
Vincitori della gara
A chi è più meridionale.

Grande sud che sarà….



Gran sur ¿que será
esta anónima canción
del que va por el mundo
y lleva al sur en su corazón?

Es una música del tren
que se muelve y se aleja
música de tercera clase
en destino a Milán.
Es una música que late
como late fuerte el corazón
del que partió campesino
y que llegará a terrón (despectivamente sureño)
Es una música de los sueños
que duermen en las estaciones
de los antiguos sentimientos
de la nueva emigración
Es la música del viaje
desde la tierra de nadie
del que lleva hacia el futuro
los tambores del viaje

Gran sur ¿que será…

Esta música del gueto
de quien va por el mundo
con su ritmo maldito
Una música en la que el sol
que todavía quema los ojos
del orgullo de los trabajadores
hijos de la Magna Grecia
del sueño de los emigrantes
grandes como grande es el mar
que se llevaron sus barcos
a la América lejana.

Gran sur ¿que será…

Y será esta historia
y será esta canción
que tiene que ver con ladrones
y con santos en procesión
que tiene que ver con los perdedores
de la aldea global
vencedores en la carrera
de ser el más meridional.

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domingo, 11 de marzo de 2012

Mi derrotero de Grecia. Trizonia

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Hay un sordo ruido del pasado
algunas imágenes entrevistas del futuro
Hay una sombra que cae sobre nosotros
como si no tuviera dónde ir
Hay tú
Hay yo
Dos visitantes de este siglo
olvidados por todos.
Dos vencedores sin victoria.
 

Nikos Dimu


 
Lo que tantas veces he dicho y que más me alivia de Grecia, es que las cosas no cambian a la velocidad cuántica; hecho por el cual, por otro lado, se la vilipendia. Puedes volver tras 20 años y encontrarlas perfectamente reconocibles. Un bálsamo para espíritus atribulados. Así que inicio, o más bien continuo, con la serie de relatos de  mi antiguo derrotero griego, aunque solo sea para rescatar preciosos dibujos y hermosos recuerdos. No me pidáis que sea precisa en las fechas; dejémoslo en hace mucho tiempo y ahora; todo mezclado.
He hecho este recorrido muchas veces; este mismo año, dos. Pero no es posible evitar la primera vez, la comparación ingenua con los recuerdos selectivos. Así que navegar por estas aguas y volver a entrar en estos puertos tiene un poco de psicoanálisis, de catarsis, de empezar de nuevo, de enamorarse otra vez;  ya no tanto de la hazaña y del descubrimiento, o del de abrir los ojos bien abiertos para no perdernos nada. Ahora se puede mirar con otros ojos, entrecerrados, con mirada sesgada; o sin ojos.

La isla de Trizonia fue, la primera vez que navegamos por Grecia, una de nuestras etapas en el golfo de Corinto. Era lo más aislado que se podía esperar para una isla a solo 4 millas del continente. Como siempre en este país, había una barca; una barca primordial que unía  la isla con la tierra firme, donde había coches y vida, poca;  donde no se encontraba  todo paralizado, inmovilizado y congelado, sobre todo cuando los blancos montes divinos vomitaban su gélido aliento, como aquellas navidades de hace tanto tiempo. Y la barca iba y venía;  venía e iba, con verduras, panes, maderas, ovejas, turistas, peces, popes, señoras de pañuelo negro, cestas de huevos, patatas… todo, todo lo que una isla pueda necesitar. El Parnaso congelaba la escena, como en una película de Theo Angelópulos. Tan congelada que 20 años después  nadie ha construido un puente, ni un túnel y la barca primordial sigue yendo y viniendo como el péndulo de Foucault, así que sentarse en una taberna y verla alejarse como un punto y retornar, como otro punto y adivinar que traerá en este viaje, es una estupenda forma de hipnotizarse.


trizonia+1.jpg.Mi derrotero de Grecia. Trizonia


Al otro lado del puerto, un letrero decía: Yatch club. Hacia allí nos encaminamos, con unos amigos que habían venido a pasar las fiestas con nosotros; allí donde jamás en mi país y con ese nombre, se me hubiera ocurrido ir; pero dada la atmosfera inmóvil y la ausencia de paseantes nos pareció una buena forma de tomar contacto con el lugar. Como todo club, era inglés. Y era como podéis imaginar…muy inglés.; muy gorgeous; un sitio para degustar un té delicius y donde  intercambiar información con otros navegantes, no griegos, acerca de Grecia. Oh my god, that’s Greece, isn’t that? Mientras se hacía la colada o se ojeaba el último numero del Yatching Monthly . Pero bueno, era great; cumplía su función.






Mucho después, cuando he vuelto a Trizonia, el club se veía abandonado, con su letrero de club casi ilegible y con un extraño olor a tristeza. Me interesé por su historia y descubrí que había un libro titulado Lizzie’s Paradise. La tal Lizzie era una inglesa de mediana edad que decidió remprender su vida, tras una grave enfermedad, en Grecia. De forma, casi casual, encontró una casa en Trizonia, la compro y la convirtió en un club náutico. El libro relata las vicisitudes de Lissie y su hija Allison para poner en orden todo aquello, en una isla sin carreteras y comunicada con el continente por la barca primordial; como subían los materiales por la montaña, los problemas con las autoridades griegas y un sinfín de aventuras vitales; les podía llevar todo un día llevar un cargamento a la casa. ¡That’s incredible! 

Se me ponían los pelos de punta porque me acordaba de unos españoles que habían reconstruido una casa centenaria en Evgiros, en una isla del Jónico; también habían emprendido una aventura loca. La recordaba a ella subiendo por una cuesta empinada y pedregosa, con un colchón de 150 por 2 metros en la cabeza que se quedaba trabado entre los cipreses. Hay gente para todo.

Lizzie abandonó el negocio, pero lo continuó su hija Allison, el club se hizo famoso y todo navegante que se preciara se dejaba caer por el lugar. El lugar debió ver tiempos gloriosos; sobre todo cuando se comenzó la construcción de una marina en su puerto; marina que nunca cumplió su función, pero que se llenó de barcos viajeros, que gustaban de la charla en el club.

 El final de la historia es triste, como ese extraño olor que deja la casa cuando pasas por su lado. Allison apareció un día muerta sin que nadie sepa a ciencia cierta cual fue la causa.

Creo que está en venta. Lo digo por si alguien quiere remprender… la aventura.


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